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Los 80 de Julio Iglesias

Desde hace 18 años , Julio Iglesias siempre lleva un tubito de vidrio en el bolsillo.
Cuando está nadando en el mar debe haber alguien cerca con el tubito, igual que en los conciertos, detrás de bambalinas. Y tiene que estar visible.

A sus 80 años goza de buena vida y salud, aunque desde sus 20 años ha tenido sus piernas muy delgadas, débiles y con reducida sensibilidad, pero su pecho y sus brazos son fuertes y le encanta presumirlos en fotos de medio cuerpo en la piscina o sin camisa, tomando sol en una tumbona, pero con las piernas tapadas con una toalla o chándal.

Si no fuera por tantos miles de horas de sol que ha chupado voluntariamente, luciría mucho más joven, pero el sol, que hace lucir a corto plazo, mejor y más saludables a quienes lo toman, después de cierta edad pasa la cuenta y la piel luce cuarteada, como un desierto.

Pero a sus 80 años no le importa y sigue buscando el sol con una avidez convertida en vicio. Y habla de su próxima gira y su próximo disco, igual que cuando tenía 40.
Su oficina está bajo el sol, ahí revisa y corrige, casi que destruye lo que ha grabado la noche anterior; tomando sol llama a los brokers de Wall Street a revisar su nada flaco portafolio, ahí atiende a los pocos a los que les permite visitarlo y que tienen el privilegio y la prudencia de verlo, de la intensidad del sol depende su estado de ánimo, si el día está lluvioso o gris, brota el peor Julio Iglesias. Las toallas siempre son azules, su color preferido.

En los años 80 cuando iba a Nueva York tenía que alojarse en la misma suite de las residencias del Hotel Waldorf Astoria porque tiene una terraza y solo lo veían desde las ventanas de los rascacielos cuando estaba tomando sol, ahí no importaba que las toallas no fueran azules, pero la chica siempre era rubia.

En 1985 cuando fue a Pekín a grabar un especial de televisión para el canal oficial, un guardia con uniforme verde, rojo y dorado y kepis muy alto, llegó a pedirle, en chino y a señas, que no podía tomar sol, descamisado y acostado en una de las terrazas, durante los 60 minutos de descanso de la grabación para el almuerzo.

Desde hace cinco o seis años vive en el costoso sector de Layford Cay, en Bahamas, donde él no es el único extranjero, ni el más rico. Siempre cerca del aeropuerto donde permanece listo su jet Gulfstream G550.

Vive alejado y tranquilo ahí, buscando el sol y evitando el IRS (la ley de impuestos de los Estados Unidos).

Hace muchos años va poco a Indian Creek en Miami y hace cinco años va muy poco a Punta Cana, en República Domicana, dónde construyó su residencia de varias villas, con obreros, maderas, lámparas, armarios y arquitectos traídos desde Bali. En el mejor lote en la urbanización Los Corales, ubicado, obviamente, muy cerca al aeropuerto y con playa en el mar que tanto le fascina, la casa está rodeada de un muro de cinco metros de alto con un monumental portón que también trajo desde Tailandia. En Marbella el mar, y los megayates de los jeques árabes y los oligarcas rusos, los ve desde la cima de pan montaña donde está su casa, en una finca llena frutales, gallinas y alcornoques.

El corazón

El corazón es su punto débil. Ha tenido un par de incidentes leves con el músculo más trabajador del cuerpo humano.

Preocupado por arritmias, comenzó a solicitar una cita con su paisano, el eminente Doctor Valentín Fuster, presidente de la Sociedad Mundial de Cardiología en Nueva York.

Cuando llegó al consultorio, media hora antes por su insoportable puntualidad y la importancia de la cita, lo acompañaban dos asistentes de su oficina.
Se sentó en la sala de espera, llena de pacientes y diplomas.

Una sencilla y delgada mujer afroamericana estaba ahí y lo saludó con timidez, Julio le respondió con una sonrisa y un abrazo, gestos fáciles para él, cuando lo llamaron a entrar al consultorio, también la llamaron a ella y entraron juntos a la consulta. El Doctor Fuster les señaló las dos sillas frente a su pesado escritorio de caoba, los presentó y les dijo:

“Los he citado juntos porque ustedes dos tienen la misma edad y el mismo corazón. Sus casos los voy a tratar juntos y el señor Iglesias va a pagar los gastos de la señora“. Los dos pacientes se miraron, sonrieron y se abrazaron de todo corazón.

La cita fue larga, el Dr. Fuster, revisó los electros y las pruebas de resistencia que les había ordenado previamente y los auscultó en dueto.

“Quiero que estén en contacto durante todo el tratamiento”. Y les recetó las mismas medicinas, sacó unas muestras médicas de nitroglicerina y un papel con el tratamiento a seguir y otro con las instrucciones en caso de emergencia por un infarto y todo lo metió en dos tubos de vidrio y se lo entregó a cada uno. “Tengan esto siempre con ustedes, ahí también está mi número en caso de emergencia”.

Julio habla continuamente con su compañera de cardiólogo que vive en el Barrio Jamaica de Queens, en Nueva York, y todos los años le envía su Gulfstream para que la recoja a ella y a toda su familia y vengan a pasar navidades juntos. La señora está cumpliendo 81 años.

Nota Tomada de EL Tiempo  escita  por Fernán Martínez M

Julio Iglesias en 10 canciones

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